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Si el gobierno olvida por qué ganó, terminará pavimentando el regreso de la izquierda más radical

La historia política demuestra una lección que demasiados gobiernos olvidan una vez que llegan al poder: las elecciones no se ganan únicamente por mérito propio; muchas veces también se ganan porque una mayoría ciudadana rechaza la alternativa que tiene al frente.

José Antonio Kast obtuvo un contundente 58,16% de los votos en la segunda vuelta presidencial. Fue un triunfo amplio e inobjetable. Pero sería un error interpretar ese resultado como un respaldo irrestricto a cualquier política que impulse su administración. Una parte importante de ese electorado votó convencida de su programa, mientras otra lo hizo buscando evitar que el país quedara en manos de una candidatura identificada con la izquierda más dura.

Ese capital político, sin embargo, comienza a erosionarse.

Hoy el Gobierno transmite la imagen de una administración técnicamente eficiente, pero políticamente desconectada. Un gobierno que parece haber reemplazado las ideas por las planillas Excel, el liderazgo por las cifras fiscales y el proyecto de país por una sucesión de ajustes económicos que golpean directamente a quienes esperaban una mejora en su calidad de vida.

Un gobierno necesita mucho más que equilibrio fiscal. Necesita un propósito. Un relato. Una visión capaz de entusiasmar a la ciudadanía y demostrar que los sacrificios tienen un horizonte claro. Cuando ese relato desaparece, la política queda reducida a administrar costos, y los costos siempre terminan pagándolos los mismos.

La teoría económica puede defender los llamados «shocks correctivos» como mecanismos para ordenar la economía. Pero las familias no viven de teorías. Viven de sus empleos, de sus ingresos y de la certeza de que el esfuerzo tendrá recompensa.

Cada empresa que posterga inversiones, cada pequeño comercio que cierra y cada trabajador que pierde su empleo representa una derrota mucho más significativa que cualquier mejora en un indicador macroeconómico. Porque detrás de las estadísticas hay personas que sienten que el cambio prometido nunca llegó.

La clase media fue uno de los pilares de la victoria electoral. También lo fueron miles de emprendedores, trabajadores independientes y pequeños empresarios que esperaban un gobierno preocupado por impulsar el crecimiento y generar oportunidades, no uno cuya principal noticia fueran los recortes y los ajustes.

La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrirá si ese electorado concluye que hizo un esfuerzo para cambiar el rumbo del país y terminó enfrentando nuevas dificultades económicas?

La respuesta puede ser políticamente devastadora.

Cuando los gobiernos de centroderecha pierden el respaldo de su base social por decisiones que la ciudadanía percibe como excesivamente duras o desconectadas de la realidad cotidiana, el vacío rara vez permanece vacío. Es ocupado por fuerzas políticas que ofrecen respuestas rápidas, amplían el gasto público y prometen soluciones inmediatas a problemas complejos.

Ese es el verdadero riesgo que enfrenta hoy el oficialismo. No se trata únicamente de perder la próxima elección. Se trata de entregar, por errores propios, la oportunidad de regresar al poder a una izquierda más radicalizada, fortalecida precisamente por el descontento que genere este gobierno.

La ciudadanía suele ser implacable cuando siente que quienes prometieron crecimiento terminan administrando estancamiento; cuando quienes ofrecieron esperanza terminan pidiendo paciencia indefinida; cuando quienes hablaron de recuperar el país terminan exigiendo sacrificios permanentes.

Si el Gobierno aspira a construir un proyecto que trascienda un solo período presidencial, debe comprender que ocho años no se construyen únicamente con responsabilidad fiscal. Se construyen con crecimiento, empleo, inversión y una clase media que sienta que progresa.

Todavía existe margen para corregir el rumbo. La disciplina fiscal no tiene por qué ser incompatible con políticas de reactivación económica. Los ajustes pueden implementarse de manera gradual, protegiendo el empleo, incentivando la inversión y evitando que el peso de las correcciones recaiga desproporcionadamente sobre quienes menos capacidad tienen para absorberlas.

La gran amenaza para este gobierno no es la oposición. Es la posibilidad de decepcionar al mismo electorado que lo llevó al poder. Si la administración insiste en una estrategia que la ciudadanía perciba como distante de sus necesidades, corre el riesgo de convertir una victoria histórica en un mandato de un solo período.

Y la mayor paradoja sería que no fuera la oposición quien derrotara políticamente a la centroderecha, sino sus propias decisiones. Porque cuando un gobierno pierde el respaldo de la mayoría moderada que lo eligió, no solo compromete su continuidad: también puede abrir la puerta al retorno de proyectos políticos que precisamente prometía evitar.

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